diumenge, 13 de novembre de 2011

TINIEBLAS



[La versión en catalán de Tinieblas fue el primer post que escribí del blog, y me gustaría compartirlo con el público castellano parlante sin necesidad de usar un traductor ;) ] 

Cuentan tenebrosas leyendas, de un paraje hoy día olvidado llamado Erm, la historia de su destrucción, protagonizada de cerca por una joven de 18 años, de cabellos oscuros como la noche, piel morena y ojos tan negros que no se distinguía la pupila del iris.

Erm era una tierra tranquila, en medio del bosque, situada debajo de la colina, la cual estaba coronada por dos grandes rocas megalíticas. Era un sitio realmente idílico, cortado por un riachuelo de agua cristalina, dulce y pura, rodeado por majestuosos sauces abrazados por las yedras, diosas pasionales del enamoramiento, que, iluminadas por el resplandor misterioso del claro de luna, danzaban, sensuales, al son del viento del oeste, enroscando, cada vez mas fuerte, sus brazos a los deseados amantes. Un lugar mágico, una tierra olvidada por los recuerdos, y recordada, solamente, por los olvidos de la vejez. 

Pues bien, un tres de mayo del año 96 después de Cristo, la nombrada chica paseaba tranquila por la villa donde vivía, observando sus vecinos, recogiendo flores y charlando con todos sus conocidos. Era un día como cualquier otro, la luz del sol llenaba de colores hasta la zona más oscura, los cantos de los pájaros resonaban dentro de las cuevas y los perfumes de las flores se podían percibir desde lo alto de la colina, allí era donde estaba entonces, fijándose en todo desde la cima de una de las grandes rocas que había en la cumbre.

De repente se dio cuenta de que una gran oscuridad se apoderaba de la tierra. Toda la luz que emitía el poderoso sol se disipaba entre una negrura impenetrable. Ella, aterrorizada y escondida entre las dos grandes rocas, podía ver como la tierra se abría, resquebrajada, dando paso a los seres de los infiernos. Diablos, diablesas, brujas y brujos, emergía de las profundidades del mal para reinar sobre la tierra. Un gran terror le llenó el cuerpo, dejándola helada ante aquella visión horrible, viendo como los habitantes de la oscuridad se apoderaban de la vida sin dejar la más mínima energía pura y blanca. No podía hacer nada, era un ser impotente ante unos hechos terribles, solamente podía acotar la cabeza y, con las manos cerradas, rezar a las divinidades piadosas.

Estos seres implacables, mataban, asesinaban, destruían sin ninguna piedad, utilizando los cuerpos de chicos y chicas virginales para sus sacrificios, para invocar a su señor, Astarot príncipe de los Tronos de los infiernos, gritando el nombre de la bestia, danzando incansables alrededor del pentagrama, con cánticos tenebrosos, invocaciones maléficas bajo la negra noche, lluvia de oscuridad sobre cuerpos desnudos, de cuerpos únicamente vestidos por la perversión. Brindando, maliciosos, con cálices que derramaban sangre de algún nonato.

Y seguía escondida y aterrorizada entre las dos grandes rocas, rodeada de mal, temiendo por si misma y por el pequeño ser que mecía en su interior. Si aquellas malvadas criaturas de las tinieblas la descubrían, utilizarían a su pequeña creación en algún terrible sacrificio. Aquel oscuro pensamiento le provocó una intensa angustia, tenía unas inmensas ganas de gritar y empezar a correr, pero no podía, la descubrirían, y esta era una cosa que no podía permitir, su minúsculo compañero corría peligro, y ella no debía arriesgarse solo porque el terror llamase su impetuosidad, no tenía ningún derecho a ser egoísta.

No se podía mover. Aterrorizada y paralizada entre aquellas dos grandes rocas, sin alimento ni bebida, y con poca ropa con la que abrigarse, pero si se movía, el embrión que resguardaba en su interior, entre las paredes musculares de su vientre, y que allí no podía sufrir ningún mal, corría el peligro de ser atrapado por esos oscuros seres y morir entre sus angustiantes garras. Tenía mucho frío, las tinieblas eran realmente heladas, no había ningún hilo de luz, ninguna gota de calor. Era como si una negra y tupida capa de nubes heladas hubiera cubierto toda la bóveda celeste. No paraba de temblar, tenía las manos tan frías que ni tan solo las sentía, tubo la impresión de que si las tocaba se desmenuzarían en miles de cristales de carne. Y pasaban las horas, inacabables de desesperación.

Allí, entre aquellas dos grandes rocas, seguía aterrorizada y escondida, rezando al príncipe de los Serafines celestiales, llamando con la cabeza gacha el nombre de Uriel, arcángel de la salvación. Y con los dedos entrelazados, como los pétalos de la flor que no recibe más luz solar, alzó la vista, maravillada por lo que su visión le ofrecía, era un hombre de unos veinticinco años, de piel blanca, casi transparente, con el cabello dorado y largo a la altura de la espalda, de la cual sobresalían dos alas blancas y relucientes, tan preciosas que podrían haber sido la envidia del mismo Pegasus.

En ese momento, se acercó y la cogió de entre aquellas dos grandes rocas, abrazándola con sus poderosos brazos, elevándola por encima del cataclismo universal.

No se dirigieron ninguna palabra, ningún sonido salió de sus bocas, lo único que se pudo escuchar, lo único perceptible por su oído, fue una voz entre femenina y masculina, venia de todas partes y al mismo tiempo de ningún sitio, y susurraba: “Tu has sido la elegida para la nueva generación”.


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